Érase una vez un diminuto circo situado en la selva conocido por todos como el "Gran circo de Luigi". Había muchísimos personajes: la serpiente Elena era la trapecista, volvía locos a todos con sus ejercicios de equilibrio; el mono Roberto era el malabarista, podía hacer muchísimas cosas con tan solo tres pelotas; el pájaro Pedro se encargaba de animar al público con sus interminables vuelos; y, por último, el cangrejo Alejo, que se encargaba de presentar todos y cada uno de los números.
Al circo asistía toda la selva al completo desde el león hasta la más diminuta hormiga ya que esperaban todo un año para verlos.
Como cada año, llegó el gran día y todos se pusieron sus mejores galas para asistir, pero algo no marchaba bien... la serpiente Elena no conseguía pasar su cuerda sin caerse, el mono Roberto se les perdieron sus pelotas favoritas, el pájaro Pedro se chocaba con las paredes y el cangrejo Alejo no recordaba las palabras que tenia que decir, ¡qué desastre!.
Ante tanto desorden pidieron ayuda al jefe Luigi, que, aunque nadie lo supiera, tenia "buena mano" para la magia. Tras darle muchas vueltas, pensó algo: bajaría al sótano de su casa y buscaría entre sus fórmulas un remedio para volver el orden a los personajes de su circo. A toda prisa fue y allí estaba ese pequeño saco el cual contenía una diminuta pastilla. Subió las escaleras y elaboró zumo de naranja para disolver la pastilla.
En la puerta del circo, todos esperaban impacientes a que llegara Luigi con su zumo mágico. Los integrantes del circo lo tomaron y notaron como el orden volvía a sus cabezas.
El número comenzó y fue un grandísimo éxito como cada año y colorín colorado este cuento se ha acabado.
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